Mis padres siempre me
aconsejan que disfrute al máximo cada etapa de mi vida, pues a medida que vaya
creciendo tendré que madurar. Mis gustos y estilos tendrán que cambiar. Pero
algo que quiero conservar son aquellas películas de fantasías, amor y belleza;
aquellas de los mundos mágicos. Donde el sapo se convierte en príncipe, la
plebeya en reina y la casa pasa a ser castillo; en fin, todas aquellas que tienen
un final feliz.
Yo,
Diana Sofía, soy una princesa algo peculiar, ya que no tengo cabello pero aun así luzco radiante.
No me hace falta maquillaje pues mis parpados se oscurecen cada día más. Mis uñas
tienen un tono morado y a veces se tornan de color negro. Desde
hace unos meses mi cuerpo se ha adelgazado (confieso que no me gusta mucho pero
creo que las princesas son esbeltas y delgadas).
Como todo cuento de princesa
conocí a mi príncipe azul hace un año, cuando fui de paseo a un palacio. Allí
había mucha gente. ¡Ah, por cierto!
conocí varias princesas con el mismo corte de cabello que el mío. Él estaba
allí, vestido con una bata blanca. En su pecho prendía una placa con su nombre
y su jerarquía de Oncólogo.
Tengo al mejor caballero, todo
un héroe. Me ha sabido proteger y
acobijar con sus cuidados para que el monstruo no invada todo mi cuerpecito
(dicen que ese monstruo posiblemente lo heredé de mis antepasados). Todos los
meses lo visito, acompañada de mi hada (ella como siempre ha estado presente en
todos los momentos de mi vida). Confieso
que a pesar del malestar que me produce el pinchazo, estoy feliz porque
sé que lo hace para dominar a la bestia. Como suele suceder en cada cita me
siento fatigada, con náuseas y mi visión es borrosa (quizás sean los nervios). Ya
debo regresar a casa, tengo que descansar. Me despido de mi héroe, y como de
costumbre escucho su voz sonriente: ¡Nos vemos mi princesa, hasta una nueva
quimioterapia!
Así
es, soy una princesa diferente con citas mensuales, luchando para que el lobo
feroz no me coma, para que no haga efecto el hechizo y tenga que dormir para
siempre. He aprendido a disfrutar cada encuentro, cada instante como me lo dicen
mis padres. Ahora que cumplí nueve, entendí que la vida me ha obligado a madurar y
no los años. Ha sido un tiempo lleno de muchos aprendizajes, satisfacciones
pero sobre todo de bendiciones al ponerme en mi camino personas tan
grandiosas. Aunque a veces tenga miedo e
incertidumbre, me siento tranquila y profundamente confiada en los planes que
Dios tiene para mí.
PD: Aun cuando no tiene esperanza de vida,
Diana sigue yendo a las citas mensuales.
Crónica: BRAVO, Andrid
No hay comentarios:
Publicar un comentario